Día 3 de mi diario de la STDM 2026. Del Atlas al Sáhara
- Félix Jordán de Urríes Mur

- hace 18 horas
- 3 Min. de lectura

Boulmane Dadès. 27 de abril de 2026. El día ha comenzado tan temprano como ayer, pero no igual, se nota una diferencia sutil, casi imperceptible, pero muy real, hay menos presión y menos nervios. La Titan ya ha arrancado y, aunque la exigencia sigue siendo máxima, todo parece ir un poco más rodado. Cada uno empieza a encontrar su sitio, su ritmo, su manera de estar aquí.
Hoy dejamos atrás Boulmane Dades, en las proximidades del Medio Atlas, y comenzamos a adentrarnos poco a poco en las cercanías del desierto del Sáhara. El recorrido nos lleva hasta Battou, y con él llega una sensación nueva, la de estar entrando en lo verdaderamente inhóspito. El paisaje se abre, se vacía, se vuelve más esencial y básico. Aquí sobra todo lo que no es imprescindible.
El transfer de hoy ha sido largo, cerca de dos horas, pero lejos de hacerse pesado, ha sido una oportunidad para observar. Hemos atravesado localidades y comunidades realmente bonitas, lugares donde con muy poco se percibe una forma de vivir más sencilla, más conectada con lo básico. Sitios que te recuerdan que la felicidad no siempre va asociada a la abundancia, sino al equilibrio.

Llegamos a destino, un punto marcado por el track y la sensación es difícil de describir sin detenerse a pensar. Hace apenas 24 horas aquí no había nada, literalmente nada. Y hoy se levanta una auténtica ciudad efímera: corredores y staff comiendo, duchándose, descansando; medios de comunicación trabajando desde una sala de prensa con conexión ultrarrápida; servicios médicos, masajes, cocinas funcionando sin parar. Todo perfectamente coordinado. Todo en medio de la nada.
Es imposible no detenerse un momento y admirar lo que el equipo de logística ha sido capaz de montar aquí. Lo increíble no es solo que exista, sino que funcione. Que lo haga con precisión, con ritmo, con normalidad. En la Titan, lo extraordinario se convierte en cotidiano.

Los primeros corredores han llegado alrededor del mediodía. Los últimos lo harán bien entrada la tarde. Da igual el orden de llegada, todos son auténticos titanes y titanas. Cada uno a su manera, cada uno con su lucha personal, cada uno escribiendo su propia historia sobre este terreno implacable.
Aquí, en el desierto, el tiempo parece detenerse. Todo invita a bajar el ritmo, a mirar lejos, a escuchar el silencio a pensar y pensar. Pero, paradójicamente, la actividad frenética del día a día sigue viva al otro lado del estrecho. Correos, llamadas, decisiones que no entienden de horizontes infinitos. Hay que seguir atendiendo, seguir conectados, aunque el entorno invite a desconectar.
La jornada vuelve a ser larga. Muy larga. Pero se cierra con un atardecer y una luz increíbles, una luz que nada tiene que ver con la que conocemos en los Pirineos. No es ni mejor ni peor. Es simplemente distinta. "Mira mi currito, que luz". Y esa diferencia lo cambia todo.
En lo personal, empiezo a sentirme parte del ecosistema Titan. Menos observador y más integrante. El desierto no es solo paisaje, es un protagonista más. Ordena los ritmos, silencia lo innecesario y da valor a cada gesto, a cada conversación, a cada decisión.

En lo profesional, se hace cada vez más evidente cómo las marcas encuentran aquí algo que no se puede fabricar en un despacho como es la autenticidad, la verdad, la narrativa real y el propósito. Aquí todo ocurre de verdad, sin filtros ni artificios.
Y, mientras el sol cae, el pensamiento viaja inevitablemente a España. El recuerdo sigue muy presente en quienes estáis allí. En los que quieres, en los que tienes cerca. Porque incluso en mitad del desierto, uno nunca deja de estar conectado a las personas importantes.


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